“Adiós Amigos Tour” en el Teatro Coliseo: Una despedida cargada de euforia, caos y celebración
La noche del domingo 22 de marzo quedará marcada a fuego en la memoria de los fanáticos del punk en Santiago, la legendaria banda británica The Adicts regresó a Chile para despedirse, una vez más, de sus seguidores con un espectáculo arrollador en el Teatro Coliseo, en el marco de su gira “Adiós Amigos Tour”, una travesía que busca cerrar casi cinco décadas de historia musical, bajo la producción de Transistor, el evento no solo cumplió con las expectativas: las superó con creces, transformándose en una verdadera fiesta donde el punk se vistió de carnaval.
Una previa intensa: Caos, expectativa y punk nacional
Desde horas antes del inicio, las afueras del recinto ya evidenciaban la magnitud del evento, un caos controlado, entre filas, retrasos y una ansiedad palpable, marcó la previa de una noche que prometía intensidad, este escenario derivó en una breve demora en el inicio del show, pero lejos de empañar la experiencia, solo aumentó la expectativa de un público completamente entregado.
Los encargados de abrir la jornada fueron las bandas nacionales Mono Modo y Subradical, quienes asumieron la desafiante misión de encender los ánimos.
Mono Modo ofreció un set breve, pero cargado de actitud, con una propuesta energética y directa, lograron conectar rápidamente con la audiencia, cumplieron su rol, preparar el terreno para lo que vendría.


Subradical, por su parte, llevó la intensidad a otro nivel, con un show rápido, sin concesiones y lleno de actitud, demostraron solidez y convicción sobre el escenario, la respuesta del público fue contundente.


El ritual comienza: Una entrada cinematográfica
Con cerca de 30 minutos de retraso, las luces finalmente se apagaron, lo que siguió fue una introducción cuidadosamente construida, casi teatral, que elevó la tensión al máximo, marcando el ingreso progresivo de la banda, uno a uno, los integrantes tomaron sus posiciones… hasta que apareció Keith ‘Monkey’ Warren. En ese instante, el Teatro Coliseo explotó.


Un inicio demoledor: Punk sin respiro
El arranque con “Let’s Go” fue una declaración de principios, desde ese momento, el concierto se transformó en un torrente imparable de energía, sin pausas, sin concesiones, la banda avanzó directo al corazón del público con clásicos como “Joker in the Pack” y “Horrorshow”.
Canciones como “Tango”, “Don’t Exploit Me”, “Johnny Was a Soldier” y “How Sad” consolidaron un equilibrio perfecto entre melodía y crudeza, una de las marcas registradas de la banda, la conexión con el público era total, cada coro era devuelto con fuerza desde la audiencia.


Un viaje por casi 50 años de historia
El setlist fue un recorrido generoso por la extensa carrera de la banda. “4321”, “Fucked Up World” y “Numbers” desataron coreos masivos, mientras que “Troubadour” e “I Am Yours” mostraron matices más melódicos.
La intensidad no decayó en ningún momento “Angel”, “Telepathic People”, “Daydreamers Night” y “You’re All Fools” mantuvieron el pulso alto, en un show donde la energía fluía sin interrupciones. A esa altura, la euforia era total, el público se abalanzaba hacia el escenario en un intento constante por acortar la distancia con sus ídolos.


Monkey: El alma del espectáculo
Si algo define a The Adicts en vivo, es la figura de su frontman. Keith “Monkey” Warren no solo lidera la banda, la encarna, carismático, teatral y absolutamente magnético, convirtió el escenario en un verdadero espectáculo.
Con su estética inspirada en La naranja mecánica, su interacción constante con el público, los regalos lanzados a la audiencia y su desbordante energía, Monkey sostuvo el show en un equilibrio perfecto entre caos y control, su performance, cada vez con menos elementos en su vestuario, fue celebrada con ovaciones constantes.
A su lado, Pete Dee en guitarra desplegó una energía imparable, mientras Kid Dee en batería mantuvo el pulso con precisión y solidez, demostrando la experiencia de una banda que ha sabido resistir el paso del tiempo.


Un cierre épico: Himnos, emoción y despedida
El tramo final del concierto no dio tregua, fue una descarga continua, precisa y avasalladora. “Rockin’ Wrecker”, “The Odd Couple” y “My Baby Got Run Over by a Steamroller” empujaron al público a un estado de euforia total, donde cada riff se sentía como un golpe directo al pecho, la intensidad no solo se mantuvo, creció. Con “Just Like Me” y “Who Spilt My Beer?”, el Teatro Coliseo se convirtió en un hervidero, con una audiencia completamente entregada, coreando y saltando sin descanso.
Lejos de bajar el ritmo, “Fuck It Up” y “Crazy” funcionaron como aceleradores finales, preparando el terreno para una seguidilla de clásicos que terminarían de sellar la noche. “Chinese Takeaway” y “Bad Boy” encendieron la nostalgia con filo punk, demostrando que el repertorio de The Adicts sigue golpeando con la misma fuerza que décadas atrás.

El clímax llegó con “Viva La Revolution”, convertida en un verdadero grito colectivo, más que una canción, fue una consigna compartida, un instante donde escenario y público se fundieron en una sola voz, la emoción tomó otro matiz con “You’ll Never Walk Alone”, de Rodgers & Hammerstein, generando uno de los momentos más íntimos y significativos de la noche: miles de personas cantando al unísono, transformando el recinto en una comunión cargada de sentido.
Para el cierre, la banda optó por una salida tan fiel a su estilo como inesperadamente elegante, “Bring Me Sunshine” sonó como despedida luminosa, mientras “La gazza ladra: Overture” de Gioachino Rossini acompañó la retirada, dejando en el aire una sensación agridulce, la certeza de haber presenciado un final a la altura de su historia, sin estridencias innecesarias, pero con toda la identidad que convirtió a la banda en un referente indiscutido del punk.


Más que un concierto: Una celebración del punk
Lo vivido con The Adicts en Santiago no fue solo un concierto, fue una postal viva de lo que el punk representa cuando se mantiene honesto, comunidad, descontrol, identidad y resistencia al paso del tiempo. En cada acorde, en cada gesto de Monkey y en cada coro del público, se sintió esa conexión irrepetible entre banda y audiencia que solo se construye tras décadas de historia compartida.
Lejos de sentirse como un cierre definitivo, esta despedida tuvo el pulso de una celebración consciente, una noche donde la nostalgia no pesó, sino que empujó hacia adelante, recordando por qué estas canciones siguen vigentes y necesarias.
El Teatro Coliseo fue testigo de un ritual colectivo donde pasado y presente convivieron sin fisuras, dejando en claro que el legado de The Adicts no termina en un escenario, se queda en la piel de quienes estuvieron ahí, saltando, cantando y viviendo cada segundo como si fuera el último.
Gracias a nuestros amigos de Transistor por la invitación.
✍ Reseña Lisbeth Castillo
📸Fotos: Luis Graterol
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